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Absortos en un mundo de ruidos, producidos por constantes pensamientos, nuestra mente se olvida de escuchar las palabras.

Las oye, pero no escucha, y ello, nos distancia de cualquiera que quiera decirnos algo.

En el arte de escuchar, muchas veces, está la diferencia entre ser cercanos o lejanos a los demás, y sobre todo, en ser útiles o no, a quienes vienen buscando refugio y ayuda.

Pocas veces, nos detenemos a escuchar, de una manera “limpia”, sin filtros, aquello que nos expresan, absortos en nuestras ideas preconcebidas, jugando a adivinos de secuencias, sabiendo de antemano que se nos quiere expresar, sacando conclusiones anticipadas, y ello, produce múltiples malas interpretaciones, que lejos de ayudar, simplemente refuerzan las distancias.

Pero no contentos con ello, entrenamos las mismas prácticas con nosotros mismos.

Muy raramente, “conectamos” con nosotros mismos, con nuestra esencia y pensamientos, oyéndonos, e intentando entender que nos decimos a nosotros mismos.

Lo intentamos, en momentos de soledad y necesidad, pero nuevamente, nuestros propios ruidos, en forma de pensamientos del futuro o del pasado, en forma que “debería” o “tendría” nos alejan de la realidad del hoy, del momento, impidiendo esa conexión tan necesaria con el YO interior, que nos lleve a reencontrarnos con lo que de verdad deseamos.

Obtener el silencio… y dejar fluir la esencia del deseo interno, es un ejercicio difícil, por la propia ansiedad del vivir deprisa, correr hacia ningún sitio, o simplemente, no aislar ruidos molestos en forma de pensamientos inútiles.

Un reto interesante, una gimnasia reparadora, que una vez se consigue, te reconcilia con tu realidad, y te convierte en alguien con capacidad de escucharte y escuchar, más allá de lo que las palabras puedan expresar, pero sobre todo, vivir tu silencio, en forma de sensaciones, emociones o deseos.

“Si no puedes mejorar el silencio, no digas nada”

– proverbio árabe