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”No se toca una flor sin importunar a una estrella” – James Thomson

Todos hemos oído hablar siempre del “sistema Solar” y de muchos tipos de sistemas, e incluso ahora de que los “Bancos, son Sistémicos”, y que por ello hay que rescatarlos.

Pero si hay algo que en realidad es sistémico, que forma y a la vez depende de un sistema, es el ser humano.

Empezando por el propio cuerpo humano, compuesto por un engranaje casi perfecto de órganos, unos dependientes de otros, hasta llegar al “sistema” que rige nuestra vida desde el primer momento.

Desde qué nacemos, empezamos a encajar en nuestro sistema familiar, y de su funcionamiento, encaje en el mismo, mensajes colectivos y percepciones, dependerá ya en gran parte nuestro desarrolló futuro.

Más tarde iremos ampliando nuestro espacio vital, encajando en nuevos sistemas sociales, amigos, familia y profesionales, encontrándonos siempre con sistemas que no tienen porque ser iguales, a pesar de que nosotros, somos los mismos.

Y nuestra inagotable capacidad de adaptación nos hará más o menos “flexibles” para encontrar nuestro sitio en esos diferentes sistemas.

Los sistemas o grupos crean, sin darse cuenta, códigos, valores, normas e incluso emociones colectivas!

Y más allá de los nuestros propios, siempre adoptaremos matices que nos acerquen a nuestro sistema y nos hagan sentir cómodos dentro del mismo.

Y ahí, muchas veces, radica el peligro de dichos sistemas.

Si encontramos encaje en un sistema negativo, nuestra manera de pensar, a modo de mimetismo, irá adquiriendo los mismos puntos de vista y enfoques de negatividad, convirtiendo lo blanco en gris.

Nuestro patrón Familiar, Entorno Social, Laboral y de Pareja, son un porcentaje muy importante de nuestro desarrollo mental, basado en una búsqueda inconsciente de “encaje” en el sistema, y es por ello de la importancia de valorar en “que sistemas entramos, pero sobre todo, en que sistemas permanecemos”.

“Un sistema no es otra cosa que la subordinación de todos los aspectos del universo a uno, cualquiera de ellos” – Jorge Luis Borges